Los secretos de dios

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Es la noticia de la semana, la típica noticia de informativos de por la noche, de esas que ponen justo antes de los deportes en plan “mira que tecnológicos y modernos somos en esta cadena”. Todo el mundo habla de ello sin tener ni puta idea, cómo suele pasar con cualquier asunto científico.

Hoy se va a inyectar el primer haz de partículas que recorrerá la trayectora completa (27 km) del LHC (se han inyectado ya haces anteriormente pero sólo han recorrido el anillo parcialmente). Se ha oído mucha gilipollez al respecto de que si agujeros negros, que si el fin del mundo y demás. Yo sólo voy a intentar describir en qué consiste el invento y el porqué de su importancia, porque a los agoreros ignorantes no merece la pena ni intentar hacerles entrar en razón.

El LHC del CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear) es un anillo subterráneo cerca del lago Ginebra, entre Francia y Suiza. Es un anillo porque su finalidad no es otra que acelerar partículas a velocidades cercanas a la de la luz, haciéndolas girar hasta que alcanzan dichas velocidades para después hacerlas colisionar con sensores u otras partículas y hacer distintas medidas. No entro en detalles de qué tipo de cosas se van a medir, pero el dato clave es que generará unos 27000 Gigabytes de datos al día. El objetivo del CERN es encontrar, entre esos millones de bits, las claves que definen la estructura del átomo y de la materia. La máxima expectación está creada en torno a una partícula subatómica aún sin descubrir llamada “bosón de Higgs”. Según la física de partículas, sería a la masa lo que el electrón es a la electricidad. Es decir, quieren descubrir cómo se forma la materia, como se transmite la masa entre partículas, o sea, lo que viene siendo la esencia de nuestros orígenes.

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No sé si a alguien más le pasa, pero a mí me apasiona ver cómo un experimento así se lleva a cabo en la actualidad, a la vista de todo el mundo. Un experimento en el que participan 20 países, con un presupuesto de más de 2000 millones de euros sólo para encontrar una pequeña partícula que nos responda a las preguntas ¿qué somos? y ¿de dónde venimos?, que no es poco. Lo de ¿a dónde vamos?, me temo que de momento quedará en el aire.

En este enlace se pueden ver algunas fotos del aparatejo en cuestión. Me parece increíble que todo eso se haya podido hacer, ahora a esperar noticias del pequeño Higgs.

Mediocres

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Odio a la gente mediocre. Odio a esa gente a la que sólo con verla ya sé que sus temas de conversación se limitan a lo último que dijeron las noticias ayer o a las ventajas de tener la hipoteca en tal o cual banco. Les tengo un odio tan irracional que sólo lo explica el miedo que tengo a convertirme en uno de ellos. Tengo tanto miedo a preguntar un lunes en el trabajo “¿qué tal el finde?” o a responder “bien, de tranqui en casita” que lo primero que hago al llegar al curro es ponerme los auriculares con Pink Floyd a tope de volumen.

Me juro a mí mismo que yo tengo algún fin en la vida, que no soy un autómata como ellos. Cada vez que suena mi odiosa melodía de despertador me digo a mí mismo que hoy tengo algo que hacer, que no me levanto porque esa señal me lo indique, que tengo cosas que hacer. Cosas no-mediocres.

Pero hay veces en las que me sorprendo siendo mediocre a propósito. Sin ganas de salir, de emborracharme. Sin ganas de hacer algo que contar el lunes por la mañana para no tener que soltar una de esas odiosas frases, “¿qué tal el finde?” “bien, corto”. Entonces me odio con toda mi alma. En días como hoy me gustaría salir corriendo gritándole a todo el mundo lo mediocre que es, desaparecer.

¿Un mediocre no se plantearía estas gilipolleces, verdad?

La Modelo

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Quienes van a por su ración de droga a Las Barranquillas*, oían hasta hace poco tiempo una voz débil y llorosa que salía desde unos harapos malolientes: “Cátame, cátame, que fui Miss y soy modelo de alta costura. Dame caballo y puedes catarme”.

Tenía veintisiete años. Cátame, la llamaban los demás yonquis. Pero hasta para los más acabados “estaba inservible”. Hacía cuatro años que la chica había triunfado en un importante concurso de misses, y menos aún de cuando desfilaba para modistos españoles, y alguna vez de Londres y Milán. Había acuñado un lema: “Para triunfar, déjate catar”. La cataron fotógrafos, realizadores de televisión, maquilladores y quienes pululan por los casting y pases de modas: un fotógrafo le dio coca, otra modelo la primera dosis de heroína.

La coca quita el hambre, la heroína es placentera. En la última Pasarela Cibeles la habrían rechazado por excesivamente delgada si se hubiera presentado como en sus, aparentemente, mejores momentos. Cayó rápido, dejándose catar para catar en vena. Se despeñó por la chabola de un patriarca que tomó en exclusiva a aquella chica para sus dos hijos sidosos. Cuando falleció el último, el patriarca la echó y le negó el caballo.

Seguía oyéndose su voz cuando una mujer aún joven, de digna presencia, entró en la chabola donde venden el mejor caballo. Pagó ocho dosis. Las más puras. Luego, fue hacia el bulto, que seguía con su mantra, “Cátame, cátame”. “Mamá, no deberías estar aquí”, dijo la chica con su boca desdentada, tapándose más para ocultar su casi cadáver. Abatida, la mujer vio como la chica se pinchaba aquella gran dosis, la mejor de su vida. Y tras unos débiles estertores, Cátame moría en sus brazos, en posición fetal.

[Crónicas Bárbaras]

* Las Barranquillas, justo detrás de Mercamadrid (distrito de Vallecas) es el principal supermercado de droga de la capital. Cerca del 70% de la mercancía sale de estas 50 chabolas controladas por 7 familias gitanas. De 5000 a 7000 personas peregrinan a este lugar a diario. Aunque en los últimos años la venta está repartiéndose por otros poblados como la Cañada Real, los que alguna vez han pasado por allí no olvidan las hileras interminables de muertos vivientes que acuden a pie, ni el olor nauseabundo, ni la sensación de estar en el mismo infierno.

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