Nunca he podido decir que sea una persona madura. Me he resistido durante años a asumir que no podré volver a hacer todo lo que hice en mi adolescencia. Y cuando ha resultado evidente que ya no soy un crío, cuando tengo un contrato fijo en una empresa, y un coche y mil recibos que pagar, he seguido simulando que mi mente no piensa como un adulto. He seguido comportándome como hace diez años con la esperanza de cambiar la realidad.
Y ahora sé, que uno no se hace mayor cuando se queda calvo, o le sale tripa, o tiene un hijo o una hipoteca. No asumes que eres un adulto, aunque ya no puedas ir a ese garito donde tantas noches has pasado, ese sitio que ya ni existe. Ni si quiera cuando el amor de tu adolescencia se casa con otro y tú sorprendentemente lo asumes sin más. Te sigues negando a ti mismo la evidencia, porque tus amigos siguen siendo los mismos, aunque ya no bebáis sin control como antes.
Pero al final pasa. Y uno se hace mayor en ese crudo instante en el que un sábado por la noche no sale, no porque esté enfermo, o rayado. Sino porque sencillamente no tiene a nadie con quien salir. Se da cuenta de la equivocación en la que ha intentado vivir todos estos años y le ahoga pensar en todo lo que ha perdido y en lo poco nuevo que ha conseguido. Cuando la madurez te llega con nocturnidad y sin previo aviso, nadie está preparado, nadie puede dormir tranquilo un sábado por la noche.
Aunque en el fondo sepa que el domingo intentará seguir aparentando lo que ya nunca volverá a ser. A pesar de que cada día que pasa se hacen más evidente las oportunidades perdidas, los días que no volverán. Aunque sea sin resaca y sin nada de lo que arrepentirte de la noche anterior. O sí.
Ultimos comentarios