Luz

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Es curioso volver a casa en metro a horas no adecuadas y encontrarse con alguien tocando esta canción. En esta ciudad la relación satisfacciones/disgustos siempre es 1/10.

Asking for a Starbucks

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Sorry, do you speak english?

Mmm, a litle bit.

Can you tell me where is a starbucks near here?

Sorry?

Do you know where is a STARBUCKS?

Mmm, I think in Gran Via street… go straight on and when you arrive to a very wide and noisy street, turn right. I’m sure it’s over there, but i can’t tell you exactly.

Ok, thank you! Gracias!

You’re welcome.

(walking with her bag by Preciados street)

(mirada perdida mientras la ve alejarse)

Rojo: chica de veintipocos, con esa cara de europea tan irresistible (piel blanca, pelo rubio, abrigo hasta los pies). Puede que alemana, menos posibilidades de británica. Más que probable Erasmus de segundo cuatrimestre, recorriendo el centro de su nueva ciudad por primera vez. Guapísima como sólo lo exótico puede ser.

Azul: imbécil de veinticinco maldiciéndose por no haberse ofrecido a acompañarla. Serias dudas de poder algún día comportarse como una persona simpática y agradable. Cero posibilidades de que otra europea con cara de ángel vuelva a preguntarle por un Starbucks.

La Modelo

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Quienes van a por su ración de droga a Las Barranquillas*, oían hasta hace poco tiempo una voz débil y llorosa que salía desde unos harapos malolientes: “Cátame, cátame, que fui Miss y soy modelo de alta costura. Dame caballo y puedes catarme”.

Tenía veintisiete años. Cátame, la llamaban los demás yonquis. Pero hasta para los más acabados “estaba inservible”. Hacía cuatro años que la chica había triunfado en un importante concurso de misses, y menos aún de cuando desfilaba para modistos españoles, y alguna vez de Londres y Milán. Había acuñado un lema: “Para triunfar, déjate catar”. La cataron fotógrafos, realizadores de televisión, maquilladores y quienes pululan por los casting y pases de modas: un fotógrafo le dio coca, otra modelo la primera dosis de heroína.

La coca quita el hambre, la heroína es placentera. En la última Pasarela Cibeles la habrían rechazado por excesivamente delgada si se hubiera presentado como en sus, aparentemente, mejores momentos. Cayó rápido, dejándose catar para catar en vena. Se despeñó por la chabola de un patriarca que tomó en exclusiva a aquella chica para sus dos hijos sidosos. Cuando falleció el último, el patriarca la echó y le negó el caballo.

Seguía oyéndose su voz cuando una mujer aún joven, de digna presencia, entró en la chabola donde venden el mejor caballo. Pagó ocho dosis. Las más puras. Luego, fue hacia el bulto, que seguía con su mantra, “Cátame, cátame”. “Mamá, no deberías estar aquí”, dijo la chica con su boca desdentada, tapándose más para ocultar su casi cadáver. Abatida, la mujer vio como la chica se pinchaba aquella gran dosis, la mejor de su vida. Y tras unos débiles estertores, Cátame moría en sus brazos, en posición fetal.

[Crónicas Bárbaras]

* Las Barranquillas, justo detrás de Mercamadrid (distrito de Vallecas) es el principal supermercado de droga de la capital. Cerca del 70% de la mercancía sale de estas 50 chabolas controladas por 7 familias gitanas. De 5000 a 7000 personas peregrinan a este lugar a diario. Aunque en los últimos años la venta está repartiéndose por otros poblados como la Cañada Real, los que alguna vez han pasado por allí no olvidan las hileras interminables de muertos vivientes que acuden a pie, ni el olor nauseabundo, ni la sensación de estar en el mismo infierno.

Madrid y cafés

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Una tarde nublada de marzo es un momento perfecto, como cualquier otro, para perderse por las callejuelas inmundas del centro de Madrid en buena compañía. Esos paseos suelen acabar en algún nuevo descubrimiento, como una tetería donde en vez de mesas y sillas hay camas, o esa cafetería de sólo seis mesas en la que te puedes tomar un capuccino con Leonor Watling escribiendo en una vieja libreta a tu lado (por cierto, Belén y yo coincidimos en que es muchísimo más guapa que en las películas).

Esta ciudad es jodida, porque no te la pueden enseñar, ni la puedes conocer por ninguna guía. Esta ciudad la tienes que descubrir tú, andando sus calles, respirando sus humos, observando a su gente. Después de tanto tiempo, ahora es cuando me doy cuenta de eso, así que supongo que es normal que la gente que vive aquí dos o tres años acabe harto. Yo también lo estoy, pero no la culpo.

Ahora que estoy en un momento de mi vida en el que todo me parece viejo, que todo es prescindible, que todo me sobra, me doy cuenta de que aunque termine marchándome de aquí nunca será por esta ciudad en sí, sino por lo que me he convertido yo respirando en ella.

La fiesta de La Pradera

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No, no nos encontramos con Michael Landon como decía Joaquiné. El pasado 15 de mayo por primera vez en mi vida celebré San Isidro en Madrid. Y cuando digo celebrar, me refiero a currar como un cabrón hasta las cinco de la tarde (es lo que tiene trabajar en los suburbios de Torrejón). Pero bueno, cuando llegué a casa nos fuimos todos los paisanos a La Pradera. Para los que no sean autóctonos de Madrid, La Pradera es como se conoce a las inmediaciones de la ermita del Santo en el barrio de Carabanchel Bajo – Arganzuela, oficialmente llamado “Parque de San Isidro”.

Nada más llegar a Marqués de Vadillo e intentar salir del Metro te das cuenta de que eso es el infierno del que hablaba Rambo. Tardamos como 20 minutos en salir a la superficie, y eso sólo era el anticipo de lo que nos esperaba: la mayor marabunta de gente de la que yo he sido testigo en toda mi vida. Imposible entrar a un bar, imposible andar por la feria. Sólo quedaba sitio en las colinas del parque, entre familias que ya empezaban a recoger y grupos de jóvenes jovialmente alcoholizados a esa hora de la tarde.

Marabunta de gente en San Isidro

La tradición madrileña de este día es eminentemente familiar, consiste en ir toda la tropa a La Pradera con tortillas (aquí lo de la caldereta no se lleva) y la manta para ponerla en el césped. Un poco en plan picnic pero a la española, esto es, con la correspondiente dosis de vino acompañando al menú tortillero (Cumbres de Gredos en TetraBrik). Nosotros no llevábamos nada de eso, de modo que enseguida nos aburrimos de tragar polvo y como era materialmente imposible acercarse a la ermita (y para hacer lo que había que hacer ya cumplimos en una ocasión con otra del mismo patrón) decidimos hacer algo más sensato: ir de cervezas a La Latina.

Gracias a Juli estuvimos en uno de esos antros infectos que sólo una callejuela de Madrid puede ofrecer comiendo unos bocatas igualmente infectos aunque ricos (la grasa siempre sabe bien). La fiesta y el buen tiempo hacía que las calles estuvieran animadas, sin llegar al agobio que habíamos pasado en la verbena. Decidimos ir dando un paseo desde allí a la Plaza Mayor entre terracitas que en un día tan señalado se dedicaban a poner chotis (a partir de ahora mi género musical favorito). La verdad es que molaba ver a los abueletes bailando, que arte tiene los tios, ahí sin mover un dedo, sólo dejándose llevar por la mujer, ¡como la vida misma! Por si no lo sabiáis el chotis en el lado masculino se debe bailar “sin salirse de una baldosa”, esto significa que el chulapo debe estar con los pies juntos, totalmente tieso y dejar que la chulapa baile a su alrededor sin despegar las puntas de los pies del suelo, la ley del mínimo esfuerzo en toda regla.

Los alrededores de la Plaza Mayor están un poco infectados de tiendas de souvenirs para japoneses, pero aún conservan el encanto de toda la vida, como las fachadas inclinadas de la Cava Baja o como Casa Botín. Fundada en 1725 está considerado el restaurante más antiguo del mundo. Cuando sea rico tengo que ir allí a comerme un cochinillo.

Casa Botín, el más viejo del mundo

Es bastante agradable pasear por el centro de noche, prometo un próximo artículo con algunos rincones con encanto poco conocidos de Madrid, siempre y cuando me acuerde de llevar la cámara la próxima vez (las fotos de este artículo son cortesía de Eva, que sí que se la lleva a todas partes en su bolso de 15 kg.).

AUDIO: mi chotis favorito, El Pichi de Francisco Alonso.

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