Sólo porque no pueda correr no significa que no sea un guepardo (o por qué a veces hay anuncios que son obras de arte).
Uf, a ver por donde empiezo, llevo tanto tiempo esperando esto que aún se me hace raro comentar algo al respecto. Y es que el miércoles terminé la carrera, la misma que empecé allá por el 200¿1? y que tantas alegrías y disgustos me ha dado.
Me resistí a escribir con el desenfreno del momento, siempre intento guardar mis emociones en instantes de euforia, mi naturaleza pesimista es lo que provoca. Pero bueno, después de un par de días soy más consciente de lo que significa terminar con ese proyecto fin de carrera que hasta ahora me quitaba mi título de “ingeniero”. Que no es más que un título, no es nada tangible ni práctico, no es nada que me vaya a reportar beneficios económicos (al menos a corto plazo). Pero la gente que tengo alrededor sabe que era una espinita, no, una astillaca que tenía ahí noche y día y me recordaba la poca fuerza de voluntad que a veces tengo.
Así que hablo de cerrar etapa, no sin nostalgia. Porque dejaré de ser oficialmente universitario, mi vínculo termina ahí, y veo difícil embarcarme en seguir ampliando los estudios. Yo, que soy el primero que critica la formación universitaria, ahora me pongo triste al pensar en no volver a estar en la cafetería, en la biblioteca, en el Reina, en el césped (por mucho que los de informática se crean sus dueños).
Y lo más importante que he aprendido en la universidad, y este empujón final ha contribuído a esta especie de conclusión, es que somos capaces de muchísimo más de lo que creemos. Que muchas veces nos acomodamos y nos olvidamos de lo bien que se siente hacer algo por ti mismo. Nos conformamos con lo que tenemos sin ver las maravillas que podemos ver sólo con levantarnos del sofá. Yo no me creía capaz de acabar esto, me ponía obstáculos que no existían y lo que es peor, me menospreciaba a mí mismo. Y ahora me acuerdo de todo eso y me rio, y me gustaría volver y decirle a mi yo de hace 4 años, que no sea imbécil, que él puede con eso y con mucho más.
Y me acuerdo de tí, que este fin de semana estarías compartiendo conmigo una botella de ginebra (sí, al fin me he pasado a la bebida de los auténticos hombres) para celebrarlo. Y estarías comentando en este mismo blog, esta misma entrada pero sin el último párrafo. Porque cada vez que supere un miedo, o un obstáculo absurdo, te seguiré recordando. Y esa botella caerá igualmente, por mi y por ti.
En mi casa siempre han anidado las golondrinas. Desde que recuerdo, cada año vienen por decenas al calor del sol manchego. Ahora su llegada es sinónimo de tener que aparcar dos calles más allá para que no decidan marcar mi coche según lo traigo del lavadero. Pero cuando era niño, ver a esos bulliciosos pajarillos rondando significaba que faltaban dos meses justos para las vacaciones. Me gustan las golondrinas, me gustan igual que me gustan las orcas. Sus colores son una declaración de intenciones: les da igual el camuflaje, el blanco y el negro no pasan de moda.
Las pobres imagino que tras tan largo viaje estaban deseando entregarse a lo que habían venido a hacer: reproducirse. Y lo hacían tan frenéticamente que en ocasiones algún polluelo caía de los abarrotados nidos. Yo co
n mis 8 o 10 años acudía a mi padre (¿a quién si no puede acudir un niño que no sabe qué hacer?) y él cogía al pequeño pajarillo (que con un color marrón-negruzco no era ni la cuarta parte de chulo que sus mayores) y lo lanzaba hacia algún tejado de los bajos. La explicación oficial decía que allí sus madres podrían recogerles y llevarlos de vuelta al nido. Yo siempre he sido un poco toca pelotas, y no me lo terminaba de creer. Pensaba que aún en el hipotético caso de que sus madres les encontraran, difícilmente podrían subir con ellos hasta el alero donde estaba su hogar. Me atormentaba pensar en las golondrinas madres que encontraban a sus hijos entre las tejas y se veían impotentes ante su más que seguro final. Porque ¿cómo dejar a los demás polluelos del nido abandonados mentras alimentaba al del tejado?. Una difícil decisión que casi seguro siempre se saldaba a favor de las acomodadas crías del nido y en contra del intrépido que se asomó más de la cuenta al vacío.
Te acababas acostumbrando a su presencia, hasta que un buen día, te parabas a escuchar y ya no oías las llamadas chirriantes a la hora de la siesta. Y te asomabas por la ventana y no veías esas trayectorias suicidas en busca de alimento esquivando tejados y cables (en ocasiones las veías volar de dos en dos en una coreografía perfecta). Eras consciente, de golpe, que el verano acababa. Y todos los pequeños dramas de polluelos suicidas dejaban de contar, porque ahora la vida buscaba la oportunidad en otro sitio. Los que se quedaron al resguardo del nido, los pajarillos cobardes que fueron pacientes, eran los que ahora podían volar y descubrir otros paisajes, otros tejados.
Yo entonces no lo pensaba, pero ahora sí: te planteas si merecerá la pena asomar la cabeza por el borde del nido. Puede que el secreto sea saber esperar el momento adecuado, saber cuándo puedes hacerlo porque si caes, podrás remontar el vuelo por tí mismo. Pero lo primero es lo primero: conseguir ser de color blanco y negro.
Odio que una canción diga más de mí que yo mismo, odio sentirme vulnerable y que todos lo noten. Odio ser débil, odio estar haciendo todo esto.
Dejarse llevar suena demasiado bien…
Si echo una carta al buzón con mi dirección como destinatario, y la dirección del destinatario como remite ¿se la devolverían al “remitente” y por tanto, me saldría gratis enviar la carta?
La ciencia no tiene nada que ver con Jesucristo, excepto en la medida en que la costumbre de la investigación científica hace al hombre cauteloso en lo que a admitir la evidencia se refiere. En lo que a mí concierne, no creo que haya existido ninguna revelación. Y en cuanto a la vida futura, cada hombre debe juzgar por sí mismo entre las vagas probabilidades que existen en conflicto.
Charles Darwin
Ayer fue el 200 aniversario de su nacimiento, así que ahí queda un pequeño homenaje desde este pequeño rincón para este gran hombre. Uno de los más importantes exponentes del método científico. No te conformes, no lo des por hecho, no te fies. Compruébalo por ti mismo.
Sorry, do you speak english?
Mmm, a litle bit.
Can you tell me where is a starbucks near here?
Sorry?
Do you know where is a STARBUCKS?
Mmm, I think in Gran Via street… go straight on and when you arrive to a very wide and noisy street, turn right. I’m sure it’s over there, but i can’t tell you exactly.
Ok, thank you! Gracias!
You’re welcome.
(walking with her bag by Preciados street)
(mirada perdida mientras la ve alejarse)
Rojo: chica de veintipocos, con esa cara de europea tan irresistible (piel blanca, pelo rubio, abrigo hasta los pies). Puede que alemana, menos posibilidades de británica. Más que probable Erasmus de segundo cuatrimestre, recorriendo el centro de su nueva ciudad por primera vez. Guapísima como sólo lo exótico puede ser.
Azul: imbécil de veinticinco maldiciéndose por no haberse ofrecido a acompañarla. Serias dudas de poder algún día comportarse como una persona simpática y agradable. Cero posibilidades de que otra europea con cara de ángel vuelva a preguntarle por un Starbucks.
Me ocurre de vez en cuando: administrando los comentarios del blog, viendo alguna foto en el tuenti, cuando alguien pronuncia tu nombre, escuchando a nuestros hermanos tocar juntos… Estímulos más o menos lógicos que hacen que súbitamente deje de preocuparme por nada y sólo pueda evocar alguna frase tuya, una expresión, algo que inevitablemente hace que sonría y llore por dentro a la vez. Lo extraordinario y lo maravilloso es cuando me ocurre sin ningún motivo aparente, es entonces cuando me doy cuenta de que esa sensación siempre seguirá dentro de mí, aunque no haya nada más que la induzca.
No quería escribir sobre ti justo ahora, pero esta semana la cantidad de lágrimas espontáneas ha aumentado irremediablemente. Puede que la gente alrededor flipe un poco cuando en una situación de lo más normal, mi expresión cambia durante unos segundos y no presto atención a nada que no sean esos recuerdos furtivos que, como una luz intermitente, están ahí recordándome trocitos de ti. Me da un poco igual, porque en realidad me hacen feliz esos flashes, sirven para ahuyentar los temores del olvido que desde hace un año me asustan periódicamente.
Te juro que me encanta ahogar lágrimas si son por ti.

Ultimos comentarios